Si mañana desaparecieran todos los relojes, seguiría amaneciendo, las sombras continuarían paseándose por el suelo y la noche llegaría sin pedir permiso, aunque nosotros empezaríamos a discutir sobre cuándo comer y a qué hora habíamos quedado; algo parecido les ocurría a nuestros antepasados, que tenían el tiempo delante de los ojos, pero todavía debían encontrar la manera de medirlo. La historia de las horas nace de esa dificultad tan sencilla, porque el cielo ofrece ciclos que se repiten, mientras que las divisiones que hoy parecen inevitables, como las veinticuatro horas y los sesenta minutos, fueron tomando forma entre pueblos que observaron, calcularon y aprendieron unos de otros. Antes de construir una máquina, bastaba con clavar un palo en el suelo y prestar atención, pues su sombra cambiaba de dirección y de longitud a medida que avanzaba la jornada, de modo que unas marcas permitían reconocer distintos momentos del día. Los egipcios desarrollaron relojes de sombra que aprovechaban ese recorrido, y aquí aparece una idea que ayuda a entender todo lo que vendrá después: para fabricar el primer reloj no hacía falta tener otro reloj, hacía falta elegir una referencia que pudiera observarse una y otra vez, como el movimiento aparente del Sol, y aprender a dividirla.
En Egipto se fue estableciendo la costumbre de repartir el periodo de luz en doce partes y la noche en otras doce, una de las raíces de nuestras veinticuatro horas, aunque nadie haya encontrado un acta de reunión en la que alguien propusiera el número y los demás levantaran la mano. Sobre la importancia del doce existen distintas explicaciones, desde los aproximadamente doce ciclos lunares que caben en un año hasta una manera ingeniosa de contar con los dedos: si recorres con el pulgar las tres falanges de cada uno de los otros cuatro dedos, llegarás a doce sin necesitar una mano adicional; son posibilidades razonables, pero no conocemos con certeza una única causa. Lo sorprendente es que aquellas horas podían estirarse y encogerse con las estaciones, porque dividir siempre la luz en doce partes significa que cada parte dura más cuando hay más luz. Imaginemos una jornada con quince horas de sol medidas por un reloj actual: al repartirlas entre doce, cada hora antigua duraría setenta y cinco minutos nuestros, mientras que en una jornada de nueve horas de luz cada una duraría cuarenta y cinco; la cuenta es la misma, lo que cambia es el tamaño de lo que estamos repartiendo, como cuando cortamos doce porciones de una tarta grande y doce de otra pequeña.
Al caer la noche, la sombra dejaba de prestar servicio y entraban en escena las estrellas, cuyos movimientos permitían reconocer el avance de las horas mediante observaciones y tablas que variaban a lo largo del año; los egipcios utilizaron grupos estelares llamados decanos, cuyas apariciones sucesivas permitían reconocer las doce horas nocturnas, aunque también encontraron un ayudante mucho más cercano que el cielo, un recipiente con agua. En las clepsidras, nombre con el que conocemos los relojes de agua, el líquido salía por un pequeño orificio o se acumulaba en otro depósito, y el nivel alcanzado se comparaba con unas marcas; algunos ejemplares egipcios llevaban escalas para distintos meses, porque también la noche cambiaba de duración. El agua parece una solución sencilla hasta que uno intenta hacerla obedecer, pues un recipiente lleno deja salir el líquido con más presión que uno casi vacío, de modo que no basta con abrir un agujero y dibujar rayitas a la misma distancia. Los constructores ajustaban la forma de los recipientes y las graduaciones, y en mecanismos posteriores buscaron maneras de mantener más constante el flujo, comprobando el resultado frente a referencias astronómicas; la gravedad hacía bajar el agua, mientras que la persona encargada de rellenar o elevar los depósitos aportaba la energía necesaria para comenzar de nuevo.
Mientras tanto, en Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Éufrates, se desarrollaba una tradición matemática que acabaría escondida en todos nuestros relojes, porque los babilonios trabajaban con una numeración basada en sesenta y heredada de los sumerios. No sabemos con seguridad por qué nació esa preferencia, pero podemos comprobar su comodidad repartiendo sesenta objetos: la mitad son treinta, la tercera parte veinte, la cuarta quince, la quinta doce y la sexta diez, todo sin fracciones; para quienes calculaban movimientos celestes y trabajaban con repartos, disponer de tantas divisiones exactas resultaba muy útil.
La astronomía griega recibió conocimientos babilónicos y los desarrolló mediante sus propias observaciones y razonamientos, mientras que el mundo mediterráneo también conocía las divisiones y los instrumentos egipcios; esta historia se parece más a una conversación entre generaciones que a una carrera con un único ganador. Los astrónomos griegos utilizaron horas iguales para sus cálculos y la tradición de dividir en sesenta se aplicó a subdivisiones cada vez menores, empleadas en astronomía, también para medir ángulos, antes de generalizarse en la medición cotidiana del tiempo. Los nombres de minuto y segundo proceden de las expresiones latinas partes minutae primae y partes minutae secundae, que designaban una primera subdivisión en sesenta partes y una segunda subdivisión de cada una de ellas en otras sesenta.
Los romanos llevaron relojes de sol a espacios públicos y privados, utilizaron también clepsidras y organizaron buena parte de su jornada con doce horas de luz que seguían cambiando de duración según la estación, por lo que la hora sexta quedaba alrededor del mediodía solar, aunque no debamos traducir todas sus citas a nuestro reloj como si fueran equivalencias fijas. Construir bien un reloj solar exigía conocer la trayectoria del Sol y el lugar donde iba a utilizarse, y se conservan incluso pequeños modelos romanos portátiles que podían ajustarse según la latitud y la fecha; mucho antes de la pulsera ya había personas capaces de llevar consigo una manera de consultar el cielo.
Si viajamos hacia China, encontramos otra forma de poner nombres y números al día, pues una tradición dividía el ciclo completo en doce periodos llamados shichen, cada uno equivalente a unas dos horas actuales y asociado a uno de los doce signos tradicionales. La diferencia resulta reveladora: donde nosotros contamos veinticuatro unidades, ese sistema contaba doce unidades mayores, de manera que el Sol seguía su recorrido, aunque las etiquetas cambiaran; en China se desarrollaron además instrumentos de agua extraordinariamente complejos, y a finales del siglo XI Su Song dirigió la construcción de una torre astronómica en la que el agua movía mecanismos que representaban movimientos del cielo y anunciaban el paso del tiempo. En aquella torre, un mecanismo controlaba la liberación del movimiento en pequeños pasos, una idea fundamental para la relojería que nos obliga a mirar con cuidado los relatos que sitúan todas las invenciones en un solo continente. En otras tradiciones de Asia también se midió el tiempo quemando incienso, cuya parte consumida permitía estimar cuánto había transcurrido, y estos instrumentos llegaron de China a los templos japoneses; más adelante, los relojeros de Japón adaptaron mecanismos para conservar horas que variaban con las estaciones, repartiendo la luz en seis periodos y la oscuridad en otros seis, de modo que una máquina debía ajustarse a una costumbre que nosotros ya hemos abandonado.
En la Europa de finales del siglo XIII y del XIV fueron apareciendo grandes relojes mecánicos que acabaron ocupando torres y edificios, donde podían anunciar las horas a quienes no tenían ningún instrumento propio, y su energía procedía de algo tan cotidiano como levantar un peso. Una pesa colgada de una cuerda hacía girar un tambor al descender y ese giro se transmitía a los engranajes, aunque dejarla caer libremente habría producido un movimiento rápido y bastante inútil; por eso necesitaban un mecanismo de escape, una especie de portero que dejaba avanzar las ruedas un poquito cada vez, coordinado con un regulador que iba y venía. Muchos relojes medievales empleaban una barra con pesos llamada foliot, que oscilaba de un lado a otro y ayudaba a regular la marcha, aunque todavía estaba lejos de la precisión que hoy exigimos hasta al reloj de la cocina. Cuando la pesa llegaba abajo, alguien tenía que volver a subirla con una manivela, y ahí se entiende qué significa dar cuerda: la persona almacenaba energía al levantarla y el reloj la gastaba despacio durante su descenso; los engranajes transmitían y repartían el movimiento, mientras que el escape y el regulador decidían a qué ritmo podía avanzar, una distinción tan importante como la que existe entre tener combustible y controlar la velocidad.
Los primeros relojes mecánicos no aparecieron todos con la esfera de tres agujas que imaginamos hoy, pues algunos anunciaban las horas con campanas y muchos de los que mostraban la hora se conformaban con una sola aguja, suficiente para una vida que rara vez necesitaba citar a nadie a las diez y diecisiete. Hubo ejemplos tempranos de minuteros y segunderos, pero su utilidad creció al mejorar la precisión, especialmente con los relojes de péndulo del siglo XVII, que aprovecharon un vaivén mucho más regular; en un reloj bien construido, los engranajes podían hacer que el minutero completase una vuelta cada hora y la aguja horaria una cada doce, mientras que un segundero podía mostrar los segundos en una esfera pequeña aparte. Para llevar el mecanismo encima había que resolver otra dificultad, porque una pesa que necesita bajar resulta bastante incómoda dentro de un bolsillo, así que los relojeros recurrieron a un muelle metálico enrollado que almacenaba energía al tensarse y la devolvía al desenrollarse. Hacia mediados del siglo XV ya existían pequeños relojes portátiles de muelle y alrededor de 1500 se desarrollaron relojes personales, que podían llevarse como colgantes o joyas y que evolucionaron hacia los de bolsillo; más adelante, un pequeño muelle asociado a la rueda reguladora mejoró mucho su precisión, y se conserva un reloj de Thomas Tompion de 1675 a 1679 que ya indicaba horas, minutos y segundos.
La muñeca tardó más en convertirse en el domicilio habitual del reloj, aunque en el siglo XIX ya encontramos piezas concebidas para llevarse allí, como la que Breguet recibió el encargo de fabricar en 1810 para Carolina Murat, reina de Nápoles, o el primer reloj de pulsera de Patek Philippe, de 1868. Aquellas piezas estaban muy ligadas al lujo y a la joyería, mientras que a comienzos del siglo XX el uso se extendió por razones prácticas, con un fuerte impulso durante la Primera Guerra Mundial, cuando consultar la muñeca permitía mantener las manos disponibles y evitaba sacar el reloj del bolsillo; algunos ejemplares de bolsillo se transformaron añadiéndoles enganches para una correa.
Después llegaron los relojes electrónicos de cuarzo, en los que un circuito alimentado con electricidad mantiene vibrando un pequeño cristal y cuenta esas vibraciones para marcar el paso del tiempo, aunque el cristal, por muy aplicado que sea, no proporciona la energía, que procede de una pila u otra fuente eléctrica. Hemos cambiado de regulador muchas veces, pasando del flujo del agua a una barra oscilante, de ahí al péndulo y a otros sistemas, pero la pregunta se mantiene: qué fenómeno podemos repetir con suficiente regularidad y cómo podemos contar sus repeticiones sin equivocarnos.
Al final de ese recorrido aparece el segundo, que parece tan natural como un parpadeo, aunque su duración proceda de una larga cadena de decisiones, porque veinticuatro horas multiplicadas por sesenta minutos y por sesenta segundos dan ochenta y seis mil cuatrocientos segundos en un día convencional. Durante mucho tiempo se definió como una de esas 86.400 partes del día solar medio, pero las pequeñas irregularidades de la rotación terrestre llevaron a buscar una referencia más estable. En 1956 se adoptó el segundo de efemérides, basado en la duración del año trópico de 1900, una definición ratificada en 1960 y sustituida en 1967 por una referencia atómica; hoy un segundo corresponde a 9.192.631.770 periodos de una radiación asociada a una transición concreta del cesio-133, una cifra elegida para conservar la duración de la unidad que ya se utilizaba.
Por eso, cuando miramos la hora, llevamos encima decisiones y descubrimientos de personas que nunca pudieron conocerse, desde quienes observaron una sombra en Egipto hasta quienes calcularon con sesentas en Mesopotamia, estudiaron el cielo en Grecia, instalaron relojes en Roma o construyeron mecanismos de agua en China. El día seguiría existiendo, aunque hubiéramos elegido otras divisiones, pero nuestro reloj tendría otra cara, quizá otras agujas y seguramente otros números; en esa esfera tan pequeña cabe una historia enorme, y cada vez que alguien pregunta cuánto falta está utilizando, sin darse cuenta, una parte de ella.

