Un viajecito por la Roma julio-claudia y flavia[1]
Lameculos los ha habido toda la vida. No los inventaron los despachos modernos, ni las cortes de los reyes, ni esos cortesanos con cara de haber nacido haciendo reverencias. En la Roma imperial ya circulaba una magnífica colección de pelotas, trepas y turiferarios que eran capaces de halagar al poderoso, justificar sus tropelías y, llegado el caso, llamar virtud a la indecencia. A lo largo de los siglos, se han cambiado las túnicas y las togas por las corbatas y americanas. Lo curioso es que ni siquiera hacía falta que el emperador pidiera siempre semejantes servicios, porque siempre había alguien que se adelantaba a ese cometido y además con un entusiasmo que hoy llamaríamos iniciativa.
Ahora bien, no vamos a mezclar a todos. Una cosa es bajar la cabeza porque enfrente hay un verdugo y otra hacerlo porque se ha descubierto que la indignidad puede resultar rentable. El miedo explica muchas sumisiones. El oportunismo, otras, y cuando ya se juntan no hay forma honrada de separar una cosa de la otra. Ese terreno pantanoso es el que recorre Tácito en sus Anales: gobernantes que necesitan cómplices y hombres que, para prosperar, aprenden a anticiparse a lo que todavía no se les ha ordenado. El emperador Nerón cantaba, actuaba y esperaba que el público se deshiciera en aplausos. Hasta ahí, la vanidad del emperador fatuo, que ya sería bastante. Pero había soldados entre los espectadores encargados de vigilar el entusiasmo. Tácito cuenta que hasta Vespasiano, futuro emperador (69 – 79 d. C.) y hombre poco dado a las exquisiteces teatrales, recibió una reprimenda de un liberto imperial por cerrar los ojos durante una actuación, dejando muy claro que quedarse dormido podía salir caro.
¿Y qué sacaba Nerón de semejantes ovaciones? Si pretendía averiguar si cantaba bien, absolutamente nada. Lo más seguro es que alguno lo admiraría de verdad. Otro aplaudiría por puro instinto de supervivencia. Y habría quien entendiera, con bastante sentido práctico, que dejarse ver entusiasmado podía acelerar una carrera. Todos hacían el mismo ruido. Ahí está la estupidez del asunto: Nerón exigía una admiración que se había vuelto imposible de comprobar. Quería que lo amasen y se aseguró de que nadie pudiera decirle lo contrario. Luego, claro, se lo creyó.
No pretendo contar aquí una simple sucesión de emperadores crueles. Me interesa más la gente que les hace el trabajo: quien ejecuta, quien tapa, quien redacta la explicación decente para un acto indecente. Ese personaje que se presenta como servidor de Roma mientras calcula su propia recompensa. Y tampoco conviene convertir a Tácito en un santo patrono de la objetividad. Fue un historiador, senador y político romano que escribió desde las simpatías y los prejuicios de su clase y no todas sus sospechas pueden tomarse como hechos probados. Hay que leerlo con cuidado. Lo cual no significa colocarle un cojín moral a cada infamia por el mero hecho de que nos llegue en latín.
I. El arte de inclinar la cabeza
La República[2] que añoraban tantos senadores tampoco era precisamente un paraíso de ciudadanos iguales. Era oligárquica, esclavista y estaba dominada por familias que pronunciaban la palabra libertad con gran solemnidad mientras se disputaban magistraturas, provincias y fortunas. Su libertas[3] tenía límites muy oportunos: empezaba por ellos mismos y rara vez alcanzaba a quienes los servían. Por cierto, aquellas élites tan devotas de los antepasados colaboraron con notable eficacia en la destrucción del sistema que decían defender porque las guerras civiles no cayeron del cielo.
El emperador Augusto supo sacar partido del agotamiento causado por las guerras civiles. Conservó las magistraturas, los ritos y buena parte del decorado republicano, pero concentró las atribuciones decisivas. Y no todo fue una estafa: la paz ofreció ventajas reales. Poder cultivar, comerciar o vivir sin que una legión cruzara el camino tenía un valor que los discursos aristocráticos no siempre reconocían. También hubo provincias que encontraron cierta continuidad administrativa donde antes habían padecido abusos. Sería demasiado fácil mirar atrás y exigir a aquellos romanos que conocieran ya el futuro. Pero la paz dependía de una arquitectura bastante frágil: descansaba, en último término, sobre un hombre. Augusto murió en el año 14 d. C. y el poder pasó a Tiberio, el segundo emperador de esta dinastía. Y por supuesto, la prudencia, como suele suceder con las herencias, no figuraba entre los bienes que podían transmitirse por decreto.
Los motines de las legiones de Panonia[4] y Germania[5] estallaron casi de inmediato. Los soldados se quejaban de la paga, de los años de servicio y de sus condiciones de vida. Tácito describe cuerpos gastados, heridas y veteranos sin dientes. Los de arriba discutían el destino del régimen; los que habían puesto el cuerpo pedían algo mucho más elemental. Tiberio conocía el gobierno y sería injusto presentar todas sus decisiones como disparates. Aun así, la imagen del Senado que dibuja Tácito es desoladora: una asamblea de hombres educados para deliberar sobre el Estado dedicada a descifrar silencios, ceños y medias frases. Si el príncipe insinuaba algo, aparecían voluntarios para ejecutarlo antes de que lo pidiera. Si callaba, había que interpretar el silencio.
Tantos años de educación, tantos discursos, tantos antepasados ilustres. Para terminar especializados en saber cuándo sonreír. Tácito recoge una tradición según la cual el propio Tiberio despreciaba aquella disposición a la servidumbre. Hay que tener bastante desfachatez. ¿Qué clase de independencia esperaba de unos senadores que podían perder sus bienes, acabar desterrados o morir por interpretar mal sus deseos? Porque es muy fácil exigir entereza cuando uno decide los castigos.
Eso tampoco absuelve al pelota profesional, pues no es igual quien calla para no morir que quien encuentra en el sometimiento una profesión magníficamente remunerada. La distinción importa, aunque complique el relato. Sejano, prefecto de la Guardia Pretoriana y favorito de Tiberio durante años, entendió el sistema a la perfección. Se convirtió en una especie de ventanilla del favor imperial: convenía caerle bien. Caerle mal, en cambio, podía arruinar una carrera e incluso algo más. A su alrededor, las acusaciones de maiestas[6] —la protección jurídica de la majestad, cada vez más ligada al príncipe— ofrecían un instrumento excelente al resentimiento y a la ambición. Bastaba traducir la venganza privada al idioma solemne de la seguridad del Estado. El delator dejaba de parecer un canalla y pasaba a presentarse como un patriota. Bonito ascenso.
En el año 25, Aulo Cremucio Cordo[7] fue acusado por haber elogiado a Bruto[8] y llamado a Casio[9] “el último de los romanos”. Sus acusadores estaban vinculados a Sejano. El historiador defendió su obra, se dejó morir de hambre y sus libros fueron condenados a la destrucción; algunas copias sobrevivieron. El episodio es demoledor: en un régimen que presumía de heredar toda la grandeza romana, escribir favorablemente sobre ciertos romanos muertos podía costarte la vida. Se perseguía no solo una opinión, sino la posibilidad de recordar el pasado sin pedir permiso. En el año 31 cayó Sejano. La parte de los Anales que relataba directamente su caída no se ha conservado, pero lo que queda deja entrever el desfile posterior: antiguos amigos explicando por qué nunca lo habían sido tanto; beneficiarios del favorito descubriendo, a destiempo, sus innumerables defectos. Los escrúpulos aparecieron de golpe. Qué puntualidad tan sospechosa.
Marco Terencio[10] hizo algo bastante menos cobarde. Admitió que había buscado la amistad de Sejano y que se había alegrado de conseguirla. ¿Cómo no iba a hacerlo, si el propio Tiberio lo había llenado de honores? Otra cosa —argumentó— era haber participado en una conspiración. Pidió que se juzgaran actos, no relaciones retrospectivamente vergonzosas. Su defensa prosperó y sus acusadores fueron castigados. Terencio no fingió que su amistad hubiese sido desinteresada. Admitió la conveniencia y rechazó la culpabilidad automática. Era una defensa sencilla, incluso incómodamente razonable: juzgad lo que hice, no a quién saludaba cuando todo el mundo se desvivía por saludarlo. Y quedaba una pregunta dirigida, en el fondo, a Tiberio: si tú nos enseñaste a tratar a Sejano como a un hombre imprescindible, ¿con qué cara exiges ahora que nadie se haya acercado a él?
II. La pluma que blanquea la sangre
La corte de Nerón llevó el asunto a una región todavía más oscura. Nerón subió al trono en el año 54, joven, con Séneca[11] y Burro[12] cerca. Había razones para esperar cierta contención, pero duró lo que duró. Británico[13] murió en el 55; Tácito atribuye al emperador su envenenamiento. Cuatro años después fue asesinada Agripina[14], su madre, que tanto había hecho por colocarlo donde estaba. Desde ese momento ya no se trataba solo de aconsejar a un joven caprichoso, había que decidir qué se estaba dispuesto a justificar. Con Séneca surge una incomodidad particular. Se ha discutido hasta el aburrimiento sobre su riqueza y su estoicismo, aunque el reproche fácil no sirve: una filosofía que no ordenaba vivir en la miseria no queda refutada porque quien la practica posea dinero. El problema serio está en otro sitio.
Según Tácito, Séneca redactó la carta destinada a justificar ante el Senado la muerte de Agripina. El hombre que había escrito sobre virtud y dominio de las pasiones prestó su talento a la explicación oficial de un matricidio. No parece un detalle menor en una biografía filosófica. La historia es tan sórdida que cuesta no detenerse en sus pormenores. Primero fracasó la embarcación preparada para matar a Agripina y después la asesinaron. Nerón temía las consecuencias y necesitaba que su crimen cambiara de nombre. Por iniciativa de Burro, centuriones y tribunos acudieron a felicitarlo por haber escapado de un peligro. A partir de ahí el mundo quedó del revés: la madre asesinada era la amenaza; el hijo responsable, la víctima superviviente. Y entonces llegó la carta. El Senado aportó los honores y las acciones de gracias. Fue un asesinato convertido en celebración pública, con sus formalidades y todo.
No empuñar el arma no basta para tener las manos limpias. Alguien tiene que convertir la sangre en una nota oficial que pueda leerse sin que los presentes se atraganten. Lo que no sabemos es hasta qué punto Séneca podía negarse sin arriesgar la vida, ni cuánto conocía de los preparativos; Tácito deja incertidumbres tanto sobre él como sobre Burro. Las dudas son reales y no conviene borrarlas para obtener una acusación más vistosa. Pero una cosa permanece: Tácito le atribuye la redacción de la coartada. La inteligencia, a veces, no sirve para descubrir la verdad sino para hacer soportable una mentira. Puede que Séneca evitara otros horrores permaneciendo cerca de Nerón. Es posible. Por definición, nunca sabremos cuántos desmanes no ocurrieron gracias a un consejo o una intervención discreta. También pudo pensar de buena fe que su presencia era útil.
El argumento empieza a oler mal cuando sirve para justificarlo todo y hay un momento —no sé si existe una fecha exacta— en el que “me quedo para moderarlo” se confunde peligrosamente con “me quedo porque fuera de aquí ya no soy nadie”. Y uno puede contarse esa historia durante años. En el año 62, muerto Burro, Séneca pidió retirarse y ofreció devolver sus riquezas. Nerón se negó. El filósofo fue apartándose de la vida pública, aunque hasta esa retirada podía parecer una ofensa personal al emperador. Menuda ironía, el hombre que se había ocupado de la libertad interior necesitaba permiso para marcharse de casa del tirano. Su retiro no borra la carta, pero tampoco la carta demuestra que toda su actuación anterior fuese inútil o vil. Me resisto a resolver de un plumazo una contradicción que seguramente le ocupó a él bastante más que a nosotros. Pero la pregunta sigue ahí: ¿cuándo deja un consejero de frenar al poder y empieza a formar parte de sus engranajes?
III. Cuatrocientos esclavos y demasiadas conciencias tranquilas
La libertad romana provoca todavía entusiasmos casi religiosos. Antes de emocionarnos demasiado convendría preguntar de quién era esa libertad. Durante el gobierno del emperador Claudio, por ejemplo, parte de la aristocracia despreciaba a los libertos y a quienes carecían de antepasados ilustres, como si las cualidades para gobernar se transmitieran por la sangre igual que una finca. Hay familias que viven de sus muertos con una perseverancia admirable. Aquellas no fueron las primeras.
En el año 48, Claudio propuso admitir a ciertos notables galos, ya ciudadanos romanos, en las magistraturas y el Senado. Los opositores invocaron guerras remotas, costumbres y los peligros de conceder honores. Dicho sin ceremonia: no querían más gente dentro del club. Claudio recordó que Roma había crecido incorporando pueblos y que su familia procedía de los sabinos. Una parte de su discurso ha llegado hasta nosotros grabada en bronce. Es difícil encontrar una ilustración más clara del asunto. Los guardianes de la tradición defendían como eterno un orden que se había construido cambiando continuamente y querían impedir que otros se beneficiaran del mismo procedimiento que había favorecido a sus antepasados. Ahora bien, lo verdaderamente nauseabundo ocurrió en el año 61. Pedanio Segundo[15], prefecto de la ciudad de Roma, fue asesinado por uno de sus esclavos. Una disposición aplicable al caso imponía ejecutar a los esclavos que vivieran bajo el mismo techo. Unos cuatrocientos.
El Senado debatió la matanza y Cayo Casio Longino (ya mencionado) defendió que la norma debía cumplirse. Cuatrocientos seres humanos condenados por un asesinato cometido por uno de ellos. Conviene repetir la cifra, porque la prosa administrativa tiene una habilidad asombrosa para hacer desaparecer a las personas. Casio razonó con una frialdad que todavía hiela. Si un propietario importante no estaba seguro ni rodeado de tantos esclavos, había que implantar el terror para que cada uno vigilase al resto. La antigüedad de la norma actuaba, en su argumento, como un certificado de sensatez. La diferencia de orígenes y cultos entre los esclavizados se presentaba como una amenaza. Y la tranquilidad del dueño justificaba cualquier sacrificio.
Casio sabía que morirían inocentes. Lo dijo, y ni siquiera se alteró el razonamiento. Invocó la decimación militar: también allí podían perecer soldados valientes, pero el castigo colectivo servía de escarmiento. No estaba cometiendo un error al contar los culpables. Aceptaba conscientemente que se matara a quienes no lo eran. Esto merece subrayarse, la injusticia no se le escapó por una rendija de su argumento: estaba instalada en el centro, cómodamente sentada. Quizá Casio creyera de verdad que así protegía Roma. No cuesta imaginárselo. Cuando se pertenece a una clase favorecida por el orden establecido, el interés propio puede vestirse de bien común sin que el interesado advierta siquiera el cambio de ropa. Lo peor de su discurso no es que sepamos si disfrutaba con el sufrimiento —no lo sabemos—, sino la naturalidad con que lo transformaba en una herramienta de gobierno.
No todos aceptaron semejante barbaridad. Hubo oposición en el Senado y una multitud trató de impedir las ejecuciones. Nerón dispuso soldados a lo largo del recorrido de los condenados para que se cumpliera la decisión. Al mismo tiempo, vetó la propuesta de expulsar de Italia a ciertos libertos relacionados con aquella casa. He aquí una de las perversiones favoritas del poder: parecer moderado porque se evita una injusticia adicional mientras se ejecuta la principal. Se perdona el exceso después de haber autorizado el horror. Hay aquí una contradicción que los grandes defensores de la libertad senatorial preferían no mirar. Se quejaban del sometimiento al emperador y exigían para sus casas una obediencia muchísimo más brutal. Libertad para mí, terror para quienes me sirven. Esa era, en demasiados casos, toda la doctrina.
De Casio conservamos nombre, cargo y argumentos. De los esclavos ajusticiados, apenas una cifra. Detrás había cuatrocientas vidas distintas; el discurso de los vencedores terminó reduciéndolas a un ejemplo. Y por favor, ahorrémonos el “eran otros tiempos” como explicación definitiva. También entonces hubo oposición. Si los contemporáneos pudieron reconocer aquella barbaridad, no tenemos derecho a fingir que nadie sabía distinguirla.
IV. El imperio también sabía cobrar sus favores
Fuera de Roma, donde las palabras solemnes viajaban a lomos de la fuerza militar, la cosa no mejoraba. Prasutago[16], rey de los icenos[17] en Britania[18], nombró herederos al emperador y a sus hijas: confiaba en preservar así a su familia y a su reino. La sumisión debía comprar seguridad. Según Tácito, lo que siguió a su muerte fueron confiscaciones, abusos, azotes a Boudica[19] y agresiones sexuales a sus hijas. También despojaron de sus bienes a personajes destacados de aquella comunidad.
En Camulodunum[20] los veteranos romanos expulsaban a habitantes de sus tierras; otros soldados los respaldaban con la esperanza, nada altruista, de recibir recompensas parecidas. Y aquí conviene resistir la tentación de contar solo media historia. Para un veterano, una parcela podía ser el pago de años de servicio, un lugar donde acabar sus días. Para quien había vivido allí hasta la expulsión, era su casa. No desaparece el despojo porque el conquistador lo incluya en la contabilidad de sus méritos.
Boudica se rebeló. Su levantamiento arrasó asentamientos y dejó numerosos muertos antes de ser derrotado; sus seguidores cometieron también matanzas. Haber sufrido una injusticia no vuelve inocente todo lo que se haga después. Tácito, además, construyó literariamente el discurso que atribuye a la reina: no poseemos una grabación de su voz, sino una pieza de historia escrita por un romano. Aun con esas reservas, cambia algo cuando uno mira el Imperio desde la casa de quien fue expulsado y no desde el pedestal del vencedor. Las carreteras, las ciudades y la administración seguían ahí. También los azotes.
El año 64 trajo el incendio de Roma. Sobre Nerón circularon rumores; lo que conservamos de los Anales no prueba que él ordenara el fuego y tampoco omite sus medidas de auxilio y reconstrucción. Es importante decirlo, porque una cosa es tenerle poca simpatía y otra atribuirle, por comodidad, cualquier crimen disponible. Lo que Tácito sí relata es la persecución de los cristianos para apartar las sospechas del emperador. Eran impopulares, un blanco al que resultaba fácil golpear. Los castigos fueron tan crueles que acabaron despertando compasión incluso en quienes no compartían sus creencias. Y eso lo cuenta precisamente Tácito, que no los tenía en gran estima. El mecanismo no es idéntico en todos estos episodios, pero hay un aire de familia que resulta difícil ignorar. En Britania, el despojo se presentaba como recompensa legítima. En Roma, perseguir a un grupo despreciado ayudaba a apartar la atención de quien mandaba. Distintos motivos; la misma facilidad para hacer que pague otro. La pregunta no es solo quién ordena la violencia. También quién la ejecuta, quién obtiene algo a cambio y quién encuentra después una manera presentable de contarla.
V. Los vencedores también necesitan cronistas
Y llegamos a Flavio Josefo[21], que merece capítulo propio. En el año 67 defendía Jotapata[22] contra las legiones de Vespasiano. Cayó prisionero y, según contó él mismo, anunció al general que llegaría a ser emperador. Hay que reconocerle sentido de la oportunidad. Una profecía pronunciada ante el hombre que tiene tu destino entre sus manos es, como mínimo, una apuesta interesante. Vespasiano terminó ocupando el trono. Josefo acabó en Roma con ciudadanía, alojamiento y pensión imperial. Mientras Judea soportaba los estragos de una guerra devastadora, el antiguo defensor de Jotapata había encontrado un acomodo en el entorno de los vencedores. No todos los derrotados disfrutaron de semejante segunda vida. La parte delicada vino con los libros. Josefo escribió La guerra de los judíos bajo protección imperial. Al relatar la destrucción del Templo de Jerusalén[23], en el año 70, sostuvo que el emperador Tito había tratado de impedir el incendio. Hay fuentes antiguas que presentan al futuro emperador bajo una luz menos favorecedora.
¿Mintió Josefo? No podemos demostrarlo. Y reducir toda su obra a propaganda de los Flavios sería tan tosco como aceptarla sin hacer preguntas. El problema es más interesante, y algo más desagradable: ¿qué ocurre con la mirada de un historiador cuando depende de aquellos sobre los que escribe? ¿Cuánto pesa la gratitud cuando se seleccionan los hechos, se distribuyen las culpas o se describe una intención? No hace falta que un cronista invente una historia de principio a fin. A veces alcanza con ordenar las verdades de un modo que deje muy bien al que paga la cena. Josefo había combatido a los romanos y terminó escribiendo su historia protegido por ellos. La coincidencia, desde luego, invita a leer con los ojos abiertos.
VI. No todos tuvieron que aplaudir
Después de tanto servilismo, sería injusto convertir Roma en una procesión interminable de cobardes. Algunos se resistieron. No siempre de manera espectacular, y desde luego no siempre con éxito. Trásea Peto[24], por ejemplo, abandonó el Senado en el año 59, cuando se preparaban los homenajes a la supuesta salvación de Nerón tras el asesinato de Agripina. No frenó la resolución. Tácito dice que se granjeó peligros sin despertar la independencia de sus colegas.
En el año 62 hizo algo más arriesgado: se quedó y habló. El pretor Antistio[25] había sido acusado por versos ofensivos contra Nerón y se planteó condenarlo a muerte. Tácito insinúa una posible maniobra, no un hecho probado: quizá la pena exagerada buscaba que el emperador la vetara y apareciera ante todos como un modelo de clemencia. El Senado haría de verdugo; Nerón se llevaría el aplauso por evitar la ejecución. Había que tener imaginación para tanta bajeza.
Trásea estropeó el número. No se puso a insultar al emperador ni fingió que podía hablar como si viviera en una república ideal. Incluso lo elogió y censuró al acusado. Pero aprovechó precisamente la supuesta moderación de Nerón para pedir destierro y confiscación de bienes, en vez de muerte. Si el príncipe era tan magnánimo, ¿por qué el Senado no podía actuar con cierta humanidad por su cuenta? La mayoría aceptó. Los cónsules consultaron a Nerón; este dijo que había pensado frenar la severidad y dejó la decisión en manos del Senado, aunque mostró disgusto. Antistio salvó la vida. Perdió bienes y libertad, no poca cosa, pero no acabó muerto para que otro pudiera presumir de misericordioso. Tampoco voy a canonizar a Trásea. Era un aristócrata y utilizó el idioma cortesano con todas sus reverencias. No estaba proclamando una revolución. Aun así, hay una diferencia enorme entre adular para conseguir una ventaja y hablar con cautela para evitar una ejecución. Las mismas palabras no significan necesariamente lo mismo cuando el propósito y las consecuencias son distintos.
En el 65, descubierta la conspiración de Pisón[26], la represión alcanzó también a Séneca, obligado a morir. Los fragmentos finales de los Anales conservan asimismo la persecución de Trásea; el relato se interrumpe durante los acontecimientos del 66, sin llegar a la muerte de Nerón en el 68. Ni la cultura ni el prestigio garantizaban nada cuando el emperador decidía que alguien había dejado de resultarle útil.
Y aquí termina el texto conservado de Tácito. No termina, por desgracia, la costumbre que describe. Vuelvo al teatro de Nerón. Me gustaría creer que habría sido uno de los que no aplaudían. Que soportaría la actuación interminable, miraría al emperador a la cara y saldría de allí con mi dignidad intacta. Pero es una fantasía muy cómoda cuando no hay soldados observándome las manos. Probablemente habría aplaudido por miedo. Y no me parece justo equiparar ese gesto a dar las órdenes, preparar las amenazas o redactar los discursos oficiales. A veces la cobardía es simplemente la forma que adopta el instinto de seguir vivo.
Lo que me preocupa de verdad es otra posibilidad: que hubiera aplaudido un poquito más fuerte que el vecino. No por terror, sino por si Nerón me miraba. Por si alguien tomaba nota de mi entusiasmo y después llegaba una invitación, un cargo, cualquier migaja. Hasta puedo imaginar la explicación que me habría dado a mí mismo. Algo elevado, con referencias al deber y al bien de Roma, por supuesto. Uno es capaz de cometer bastantes miserias cuando empieza a redactar su defensa antes incluso de haberlas cometido.
Por eso siguen incomodándome los Anales. Hay gente cultísima que pone su talento al servicio de atrocidades; aristócratas que reivindican su libertad y no pestañean ante la muerte de cuatrocientos esclavos; favorecidos del régimen que se apresuran a olvidar a sus antiguos protectores. Y también, entre tanto personaje desagradable, alguien que se levanta y se marcha o consigue que una sentencia de muerte deje de serlo. No son estampas de maldad abstracta. Son decisiones. Unas tomadas bajo amenaza, otras por interés y muchas dentro de esa franja vergonzosa donde uno consigue convencerse de que no tenía alternativa. De modo que sí, vuelvo a los lameculos del principio. Han existido siempre. Lo verdaderamente peligroso empieza cuando ya no se conforman con aplaudir: quieren dirigir el coro, escribir el libreto y, sobre todo, señalar al desgraciado que mantiene las manos quietas.
No sé qué resulta más inquietante, si el Nerón de turno o la cantidad de voluntarios que aparecen para llevarle la cuenta de los aplausos. A fin de cuentas, el emperador no podía estar mirando todas las manos a la vez.
[1] La dinastía Julio-Claudia fue la primera del Imperio romano (27 a. C. – 68 d. C.), integrada por cinco emperadores. La dinastía Flavia (69 – 96 d. C.) comprendió los reinados de Vespasiano, Tito y Domiciano.
[2] La República romana fue el periodo de la historia de Roma comprendido entre el 509 a. C. y el 27 a. C.
[3] Relacionado con el Senado y la clase gobernante. Significa libertad de expresión frente al poder.
[4] Antigua región de Europa central. Hoy parte de Hungría y parcialmente de Croacia, Serbia, Bosnia-Herzegovina, Eslovenia, Austria y Eslovaquia.
[5] La “Germania romana” del siglo I estaba formada por dos provincias: la Germania Superior y la Germania Inferior. Corresponde hoy en día al sur de Alemania, parte de Suiza, Austria, el este de Francia, Luxemburgo, los Países Bajos y gran parte de Bélgica.
[6] Majestad, grandeza o dignidad suprema.
[7] Historiador romano del siglo I de nuestra era.
[8] Político y militar romano de la etapa final de la República. Participó en la conspiración que condujo al asesinato de Julio César.
[9] Político y militar romano del siglo I a. C. conocido por haber formado parte del asesinato de Julio
[10] Caballero romano, polígrafo, militar y funcionario romano del siglo I a. C.
[11] Filósofo, político, orador y escritor romano. Uno de los dos consejeros y gobernantes del Imperio Romano durante los primeros años del reinado del emperador Nerón.
[12] Asesor de Nerón junto a Séneca.
[13] Hijo del emperador Claudio.
[14] Agripina la Menor, fue emperatriz romana consorte y madre de Nerón.
[15] Político y senador romano del siglo I.
[16] Rey de los icenos, britanos que habitaban lo que hoy es Norfolk (Condado de Inglaterra, Reino Unido).
[17] Tribu britana que habitaba un área de Inglaterra entre los siglos I a. C y el I d. C.
[18] Término que designaba a la isla de Gran Bretaña.
[19] Reina guerrera de la antigua tribu británica de los icenos.
[20] Nombre romano de la actual ciudad de Colchester (Inglaterra). Fue la primera capital de la provincia romana de Britania.
[21] Escritor, historiador y líder militar romano-judío del siglo I.
[22] Antigua ciudad fortificada judía en Galilea que resistió un asedio romano de 47 días en el año 67 d. C. durante la primera guerra judeo-romana.
[23] Fue el centro espiritual y religioso más importante del antiguo pueblo de Israel.
[24] Senador romano del siglo I.
[25] Político y militar romano del siglo I a. C.
[26] Político del siglo I perteneciente a una noble familia romana de la gens Calpurnia.

